martes, agosto 18

¿Ser pobre o ser rico?



Fuente: www.reinadelcielo.org 
Autor: Oscar Schmidt 

Un tema delicado, sin dudas. Contradictorio al menos en apariencia, difícil de poner en palabras que conformen a todo el mundo. Para algunos, vale aquello de que "mas fácil es que pase un camello por el ojo de una cerradura, de que entre un rico al Reino de los Cielos". Para otros vale aquello de que "la riqueza o pobreza de un alma está en el aspecto espiritual del término, no en el material". De una forma u otra las Sagradas Escrituras dan referencias que podrían alimentar variadas interpretaciones, especialmente cuando el interesado tiene algún particular ángulo que desea priorizar. 

De tal modo, los que se consideran a si mismos como "ricos" tratarán de encontrar en este escrito justificación a su riqueza. Y los que se consideran "pobres" buscarán encontrar aquí consuelo y promesa de "salvación automática". Ni lo uno, ni lo otro. No es ese el espíritu de las diversas palabras que Jesús nos ha dejado sobre este delicado tema en los Evangelios. 

El primer paso es comprender si riqueza material es sinónimo de casi segura condenación del alma. Recordamos el caso del joven rico que quiere seguir al Señor, y Jesús le pone como requisito el dejar atrás bienes y honores, y él tristemente deja alejarse al Salvador, mientras se queda atado a su riqueza. También el caso del rico que no da ni los restos de su comida al pobre que pide en la puerta de su casa. En muchas oportunidades Jesús nos ha marcado el peligro espiritual que acarrean los bienes materiales. Si, pareciera que es un hueco muy estrecho como para que pase el camello famoso. 

Pero meditando sobre este asunto recordé a aquellos que fueron los mejores amigos de Jesús en la tierra. Ellos fueron muy probablemente tres hermanos: María Magdalena, Marta y Lázaro, hijos de Teofilo. Quizás la familia más rica de la Palestina de aquella época, en propiedades en Jerusalén, en Betania, y en muchos otros lugares. La casa de Betania era el lugar de descanso preferido de Jesús cuando subía a Jerusalén. A Lázaro y sus hermanas pedía Jesús muchos favores materiales cuando llegaban a El casos desesperantes de gente que necesitaba ayuda. Y los hermanos siempre respondían, fieles al Mesías que ellos habían reconocido en aquel Hombre de Galilea. 

Si, los hijos de Teofilo eran ricos, riquísimos, pero supieron merecer la amistad del Señor. Jesús lloró cuando vio la tumba de Lázaro, y de hecho hizo de su resurrección el más impresionante milagro, en fecha ya cercana al Gólgota. Su hermana, María Magdalena, tuvo el honor de ser la primera persona que lo viera Resucitado. Vaya honor, ¿verdad? Nada está narrado por casualidad en los Evangelios, de tal modo que tan particular amistad entre la familia más rica del lugar, y Jesús, tiene que tener un significado profundo. 

Leyendo un hermoso libro titulado "La Palabra continúa" encontré esta frase: "El rico que da con amor y caridad verdadera, es el que se hace amar y no envidiar del pobre". De este modo, aceptar la propia riqueza proveniente de un trabajo honesto de los padres, o del propio digno esfuerzo, no es pecado si se la acepta para hacer buen uso de ella. Por supuesto que la riqueza basada en dinero logrado por malas artes no tiene mucha cabida frente a Dios. Pero la riqueza heredada o lograda con trabajo digno, es una manifestación de la Voluntad de Dios sobre nosotros. El asunto es qué espera Dios que hagamos con esos dones, porque sin dudas que es mucho el bien que, como Lázaro y sus hermanas, se puede hacer desde una buena posición económica y social, adquirida legítimamente. 

Vistas así las cosas, el camello puede pasar por el ojo de la cerradura, pero con una responsabilidad y un esfuerzo que hacen la tarea muy difícil. La riqueza parece de esta forma asimilarse a una prueba ciclópea para el alma, más allá de que configura un gran don, una gracia que Dios concede. La gran pregunta de vida que las personas ricas deben hacerse es qué hacer con los bienes que Dios ha puesto en sus manos. 

Si la riqueza nos enfrenta a semejantes pruebas espirituales, ¿es acaso la pobreza un don de Dios? Realmente lo es, es una ayuda muy grande que Dios da para encontrar verdadera humildad y sencillez en el corazón, puertas fundamentales para el camino a la santidad. ¿Es entonces pobreza sinónimo de salvación? Sin dudas que no. Un sacerdote amigo me decía que si bien es notable la soberbia de los ricos, es también impactante la soberbia de los pobres. 

Me quedé mucho tiempo pensando en sus palabras, hasta que comprendí que se refería al resentimiento y desprecio por aquellos que tienen algo que uno no tiene, sea un bien material, cultural, o incluso espiritual. Ser pobre y vivir amargado por ello, es tan malo espiritualmente como ser rico y no hacer uso de lo recibido para el bien de los demás. En ambos casos se cae en una vida alejada del amor que Dios espera de nosotros. 

La pobreza debe ser llevada con humildad también, al igual que la riqueza, haciendo de las carencias un agradecimiento a que Dios no nos somete a la prueba de la abundancia. Difícil tarea, ¿verdad? Suena más difícil que la tarea del rico, de hacer buen uso de lo recibido. Sin embargo, creo yo que, espiritualmente hablando, la tiene más difícil el rico que el pobre. Pero en cualquier caso queda en cada alma el saber como hacer de la situación que nos toca vivir, una oportunidad única de honrar a Dios con amor y verdadera humildad de corazón. 

Si ser pobre o si ser rico, son cuestiones de este mundo material en que vivimos, cuestiones muy alejadas del destino de verdadera realeza que nos espera. Riquezas en este mundo, caminos que nos alejan de la genuina riqueza, si no sabemos utilizarlas para beneficio de los demás. Pobrezas y miserias en este mundo, un sufrimiento que puede ayudarnos a encontrar la estrecha senda al Reino, si las aceptamos con alegría de corazón y hacemos de ello un motivo de unión a la Pobreza del Resucitado. 

Jesús tuvo una unión muy intensa con pobres, enfermos e indefensos, y una amistad profunda con algunos ricos pero bondadosos. Pero, por sobre todas las cosas, no olvidemos que los que lo enviaron a la Cruz fueron los ricos del lugar que no aceptaron que el Señor viniera a alterar su poder y comodidad, sus riquezas materiales, su dominio sobre los pobres. Y tú, rico o pobre, ¿qué haces con ello? 

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Fwd: sigue doliendo (Correo de una amiga que lleva un orfanato en Etiopia)


De Mar:


 

Hace meses que no os escribo una palabra, a pesar del silencio seguimos por aquí, los niños siguen creciendo y seguimos compartiendo todo lo bueno y lo malo que tiene vivir con 33 niños.  Pero hoy, aunque os siga debiendo un mail, no quiero hablaros del hogar, hoy quiero contaros algo que me paso hace unos días en Addis. 

 

Estábamos algunos cooperantes y voluntarios y nos fuimos todos a tomar uno de esos maravillosos zumos que puedes encontrar en Etiopía.  Justo antes de entrar en el bar, se nos cruzo un niño de esos que se acercan a ti con 4 paquetes de chicles en una cajita para intentar venderte uno. Addis, y el resto del país, esta lleno de estos niños, venden chicles o pañuelos de papel o galletas o mecheros….  Cualquier otro día le hubiéramos dicho que no queríamos nada o en el mejor de los casos le habríamos comprado algún chicle, pero ese día uno de los que íbamos conocía al niño, le había visto cientos de veces en el mismo sito con la misma caja de chicles en la mano.  Así que le invitamos a entrar con nosotros en el bar a comer algo.  Mientras esperábamos a que viniera el plato de espaguetis con carne que se pidió para comer, estuve mirándole y me pareció que se sentía incomodo, daba la sensación de que le daba vergüenza estar allí.  Intente por un momento ponerme en su situación, como me sentiría yo si 4 extranjeros, a los que no entiendo nada de lo que dicen, me meten en un bar y me piden un plato de pasta mientras ellos miran como me lo como?  Creo que en una situación así me sentiría muy pequeña, tremendamente insignificante.  Y entonces sentí un dolor en el pecho, y tuve que respirar profundamente para no dejar escapar las lagrimas  Pensaba que me había acostumbrado a ver niños pidiendo en las calles, niños durmiendo en las alcantarillas o en cualquier rincón bajo unos cartones, pensaba que ya no me dolían esas cosas, que lo había aceptado como parte del paisaje de este país.  Pero resulta que sigue doliendo, y duele porque es injusto, porque Asefa (así se llama nuestro niño de los chicles) no debería pasar el día en la calle vendiendo chicles, ni debería depender su comida de que algún guiri le invite.  Asefa debería ir al colegio, debería jugar y estudiar y crecer rodeado de gente que le quiera y se preocupe por él.   Así tendría que ser la vida de todos los niños, pero desgraciadamente, países como Etiopia te recuerdan que estamos muy lejos de todo eso.

 

Y diréis que porque narices os cuento todo esto, diréis que es poco lo que vosotros o yo podemos hacer y seguramente tenéis razón.  Perdonarme, os lo cuento simplemente porque me alegre de que me siguiera doliendo, porque me recordó que quedan un montón de cosas que hacer y mejorar.  Os lo cuento porque me siento en la obligación de gritarlo un poquito, de decirle a todo el quiera escuchar que es injusto, que la vida debería ser mas fácil para esos niños.  Y que tenemos que hacer algo, cada uno desde donde esta, desde sus posibilidades.  Es nuestra responsabilidad mejorar este mundo, por nosotros, por los que vienen detrás.  Aunque solo sea gritar y patalear.  Que nos siga doliendo, que no se nos olviden ellos, los niños de la calle, los que están enfermos o solos, los que mueren de hambre.  Ojala nunca nos acostumbremos a verlos, ojala nunca aceptemos que son parte del paisaje.  Yo estoy segura que algo podremos cambiar.

 

Asefa no se termino el plato de espaguetis, pidió que se lo pusieran para llevar, para un amigo nos dijo.